La tercera generación fija definitivamente la imagen moderna del Escalade con su estilo imponente, sus faros verticales y un nivel de equipamiento que lo hace exportable mucho más allá de Estados Unidos. Cadillac propone aquí un auténtico transatlántico de carretera, con la rareza adicional de una versión híbrida. Su competidor más evidente sigue siendo el Lincoln Navigator, aunque el Escalade cuida aún más su estatus de símbolo cultural y de gran SUV americano demostrativo.
El V8 6.2 L92 constituye el corazón de gama y casa bien con el tamaño, mientras que el híbrido 6.0 LZ1 interesa sobre todo por su singularidad técnica. En ambos casos, el modelo depende enormemente de la calidad de la refrigeración, de la caja 6L80, de la suspensión pilotada y del estado del tren delantero. Un Escalade III bien mantenido sigue siendo sorprendentemente silencioso y estable, pero un coche fatigado se vuelve rápidamente pesado, impreciso y costoso de poner en orden.