La segunda generación abandona el turbo y pasa al V6 atmosferico 3.5 de 273 CV con caja automática, haciendo del RDX un SUV más calmado y convencional. Eso lo vuelve más fácil de entender, pero no libre de exigencias: correa, caja y mantenimiento de transmisión siguen definiendo si merece la pena.
Un buen RDX II debe sentirse más suave y relajado que el primero, con cambios limpios y sin sensación de esfuerzo. Los coches malos suelen esconder historiales vagos, correa atrasada y fluidos estirados porque el SUV seguia funcionando más o menos bien.
El gran hito de mantenimiento es la distribución. El V6 sigue siendo robusto con aceite al día, pero hay que documentar correa, bomba de agua, bujías, refrigerante y reglaje de válvulas cuando corresponde. Una caja pesada en caliente o un diferencial trasero sin historial son malas señales.